Lady Danger



Ficha:
Serie:Las Doncellas Guerreras de Rivenloch #01
Editorial:Warner       Sello:Warner Forever
      Año:2006           ISBN:0-446-61617-6
Otras Ediciones:
Estilo:Medieval
Protagonistas:Deirdre de Rivenloch y Pagan Cameliard



Argumento:

Desafíala si te atreves...

Nacida para empuñar la espada...


Criada para no temer a ningún hombre, Deirdre de Rivenloch nunca da la espalda a un choque de espadas ni a una amenaza sobre su tierra y su familia. Pero cuando embauca a Sir Pagan Cameliard para que se case con ella para salvar a su hermana menor, se encuentra con un nuevo tipo de enemigo: un marido que que convertirá su resistencia en un fuego que hará arder su sangre... y que utilizará todo su ingenio en hacerla gritar su nombre con completo abandono.

Ya que Pagan ha hecho su propio juramento nupcial. Derrotará a su mujer guerrera en la liz durante el día y hará que se rinda en sus brazos por la noche.

Cautivará su corazón... aunque ello implique ser conquistado por el de ella.







Crítica:


Esta novela no sólo supone el "debut" de McKerrigan, quien hasta ahora publicaba como Glynnis Campbell, sino que además da comienzo a una excitante y entretenida serie sobre tres hermanas guerreras en la Escocia medieval.


Deirdre de Rivenloch prácticamente ha nacido con una espada en la mano, desde niña ella y su hermana Helena han sido entrenadas para luchar y desde que su padre está mentalmente enfermo, se encarga junto a sus hermanas del mantenimiento y defensa de sus tierras: Deirdre es la administradora de la propiedad y capitana de la guardia, Helena su segunda al mando y Miriel se encarga de la casa y las cuentas. Las Doncellas Guerreras de Rivenloch, como las llaman, son autosuficientes y muy capaces de conservar sus tierras de las amenazas de los ingleses. Pero el Rey David no está de acuerdo y concierta un matrimonio entre una de las muchachas y Sir Pagan Cameliard, uno de sus aliados normando.
Deirdre y Helena están bañándose en un estanque y hablando de Cameliard, mientras alguien las observa oculto entre el brezo. Ambas están seguras de que Miriel decidirá sacrificarse a sí misma, pero ninguna de las dos está dispuesta a permitírselo. ¿Qué van a hacer? Helena, la más impetuosa de las hermanas, propone esperar ocultas en el camino la llegada del caballero y asesinarle. Finalmente, ambas se ofrecen a ser las novias, pero Deirdre no tiene ninguna intención de dejar que sea Helena quien se case tampoco, ¡lo más probable sería que asesinara al novio en la noche de bodas! Gracias a Dios, quien las espía está demasiado lejos como para poder oír su conversación, ya que se trata nada más y nada menos que del propio sir Pagan y de su mano derecha, Colin du Lac. Mientras Helena les distrae con sus "encantos", Deirdre sale del agua, rodea el terreno y espada en mano se enfrenta a sus espías; aunque esperaba dos jovencitos, el hecho de que se trate de su futuro marido no la detiene y además de herir a Cameliard, deja a los dos hombres sin pantalones.
Pagan no puede creer la audacia de la muchacha, que a la vez le enfada y le excita. Pese a su reacción ante Deirdre, decide casarse con Miriel, considerando que la joven será una esposa más apropiada, aunque no le sorprende (y mucho menos le decepciona) que el día de la boda aparezca la primera haciéndose pasar por su hermana.
Una vez casados, las disputas entre Pagan y Deirdre aumentan. Él maldice la caballerosidad que le ha hecho prometer que no tomará a Deirdre contra su voluntad y se vuelve loco compartiendo cama con ella sin poder hacer nada. Para frotar sal en la herida, Deirdre se levanta del lecho de bodas al amanecer para ir a entrenarse con su espada. Aunque Pagan reconoce que la muchacha es habilidosa con el arma, está convencido de que una mujer no tiene nada que hacer "jugando" con una espada e intenta prohibirle a Deirdre que continúe con sus prácticas. ¡Que descaro! El normando no sólo intenta imponer su autoridad en su hogar sino también sobre ella, pero Deirdre no se rendirá jamás, ni en la liza ni en el dormitorio. Y así, se suceden los enfrentamientos entre ambos, tanto con la espada como con palabras.
¿Conseguirán dejar de lado su arrogancia y comenzar a respetarse y entenderse para poder tener un auténtico matrimonio?


Sin duda, el mejor libro que he leído en las últimas semanas. Lady Danger es una historia llena de aventura, ingenio y sensualidad narrada con un estilo ágil que hace imposible dejar el libro de lado hasta llegar a la última página.
Los enfrentamientos entre Deirdre y Pagan tanto en el campo de batalla como en el dormitorio son magníficos; ambos arrogantes, testarudos, decididos a imponerse sobre el otro. Las chispas que salen del roce de sus espadas en la liza igualadas por las que ambos desprenden en el lecho...
Además es una delicia encontrarse con no una sino tres heroínas que son exactamente eso; tres hermanas valientes e inteligentes que no se dejan amilanar por un hombre, cada una de ellas dispuesta a sacrificarse por el bien de las otros dos. Deirdre, la mayor y más fuerte, es más hábil que Helena con la espada y también más sensata, aunque aún tiene mucho que aprender; ambos protagonistas deben aprender el uno del otro. Helena es muy impetuosa, tanto que, al fallar su intento de matar a Pagan para evitar el sacrificio de su hermana, decide secuestrar a su hombre de confianza con la condición de liberarlo sólo si el matrimonio es anulado. Y Miriel, la pequeña, en apariencia tímida pero hay en ella mucho más de lo que se ve a simple vista y dará muchas sorpresas.
Estoy impaciente por poder leer las dos siguientes historias convencida de que McKerrigan, que ya se ha convertido en una de mis escritoras favoritas, no me defraudará.

Isabel





Extracto

Capitulo Uno

The Borders. Verano de 1136.


"Y bien. ¿Dónde esta la tercera muchacha?" murmuró Sir Pagan despreocupadamente, sintiéndose cualquier cosa menos tranquilo mientras él y Colin du Lac se agachaban tras el cúmulo de brezo que les ocultaba, espiando a las dos esplendidas doncellas que se bañaban en la charca que había debajo.

Colin casi se ahogó por la incredulidad. "Por amor de Dios, ¡codicioso!" siseó. "No tienes bastante con poder elegir entre las dos bellezas que se encuentra ahí abajo? La mayoría de los hombres darían el brazo con que blanden la espada por..."

Ambos hombres se quedaron paralizados cuando la mujer rubia, gloriosamente bañada por la luz del sol, se echó agua sobre un cremoso hombro, alzándose sobre las olas lo suficiente para dejar al descubierto dos senos perfectos.

La sangre huyó del rostro de Pagan dirigiéndose apresuradamente a sus genitales, provocando un dolor intenso. Señor, debería haberse acostado con esa lujuriosa ramera del último pueblo antes de venir a negociar semejantes asuntos. Era algo tan insensato como ir a comprar provisiones con la bolsa llena y el estomago vacío.

Pero de alguna manera se las arregló para emitir un gruñido de indiferencia, a pesar del abrumador deseo que interrumpía sus pensamientos y transfiguraba su cuerpo. "Un hombre nunca compra una espada, Colin" dijo con voz ronca, "sin probar todas las que hay en la tienda".

"¡Ja! Un nombre no pasa el pulgar por el filo de una espada presentada por el rey".

Colin tenía razón. ¿Quién era Sir Pagan Cameliar para cuestionar un regalo ofrecido por el rey David? Además, no era un arma lo que tenía que escoger sino una esposa. "Bah" con la palma de la mano aplastó una ramita de brezo que le molestaba en la cara. "Una mujer es lo mismo que otra, supongo" se quejó. "No importa cuál de ellas reclame".

Colin soltó un bufido burlón. "Eso dices ahora" susurró, fijando la mirada lujuriosa sobre las dos bañistas, "que ya has visto la generosa selección". Un silbido bajo escapó de entre sus labios cuando la mejor dotada de las dos doncellas se zambulló bajo las brillantes olas, ofreciéndoles un vistazo de sus desnudas, suaves y tentadoras nalgas. "Bastardo afortunado".

Pagan se consideraba a sí mismo afortunado.

Cuando el rey David le había ofrecido una pequeña propiedad escocesa y una esposa que la acompañara, casi había esperado encontrar un torreón medio derrumbado con una vieja marchita en su interior. Una mirada a los imponentes muros de Rivenloch alivió sus temores sobre el primer asunto. Y para su sorpresa, las futuras novias ante él, deliciosas pasteles que el rey había depositado en su plato, eran sincenramente lo más apetitoso que hubiera visto en mucho tiempo, quizás en toda su vida. Su excitada ingle era prueba de ello.

Aún así, la idea del matrimonio enervaba a Pagan tanto como tener que acariciar a un gato.

"¡Santo Dios! No soy capaz de decidir con cuál de las dos preferiría acostarme," reflexionó Colin "esa rubia con los cabellos aclarados por el sol o la curvilinea con las trenzas salvajes y los enormes..." dejó escapar un suspiro estremecedor.

"Ninguna" murmuró Pagan.

"Ambas" decidió Colin.


***..***

Deirdre de Rivenloch se echó el largo cabello rubio sobre el hombro. Podía sentir los ojos de los intrusos posados en ella, llevaba un tiempo siendo consciente de ellos.

No es que a alguna de las hermanas las preocupara que las atraparan bañandose. Ninguna de ellas sufría de modestia o vergüenza. ¿Cómo podía una estar avergonzada u orgullosa de lo que cualquier otra mujer tenía? Si un muchacho descarriado las observaba con lujuria fuera de lugar, no era más que una locura por su parte.

Deirdre se pasó la mano por las trenzas mojadas y dirigió otra mirada subrepticia colina arriba, hacia el denso brezo y vacilantes sauces. Los ojos enfocados en ella eran probablemente eso, pertenecientes a un par de muchachos inexperto que no habían visto nunca a una doncella desnuda. Pero no se atrevía a mencionarle su presencia a Helena, ya que su impetuosa hermana probablemente primero blandería la espada y preguntaría después. No, Deirdre se encargaría de su travesura ella misma un poco más tarde.

Ahora tenía un asunto importante que discutir con Helena. Y no demasiado tiempo.

"¿Has retrasado a Miriel?" preguntó, pasándose la palma de la mano cubierta de jabón hecho con sebo de oveja por el antebrazo.

"Escondí su sais*" confesó Helena. "Después le dije que había visto al muchacho de los establos entrando a escondidas a su habitación más temprano.

Deirdre asintió. Eso tendría a su hermana pequeña ocupada durante un tiempo. Miriel no permitía que nadie tocara sus preciadas armas orientales.

"Escucha, Deir" le advirtió Helena. "No permitiré que Miriel se sacrifique. No me importa lo que Papá diga. Es demasiado joven para casarse. Demasiado joven y demasiado..." suspiró con exasperación.

"Lo sé".

Lo que ambas dejaron sin decir fue el hecho de que su hermana más pequeña no estaba forjada del mismo metal que ellas. Deirdre y Helena eran hijas de su padre. Su sangre vikinga latía en sus corazones. Altas y fuertes, tenían voluntades de acero y habilidades acordes. Conocidas en la región de las Borders como Las Doncellas Guerreras de Rivenloch, se habían aferrado a la espada como un bebé a un pecho. Su padre las había educado para ser luchadoras, para no temer a ningún hombre.

Miriel, sin embargo, para desmayo del Lord, había resultado ser tan delicada y dócil como su madre, fallecida hacia tiempo. Cualquier espíritu guerrero que pudiera haber albergado, había sido sofocado por Lady Edwina, quien había suplicado que se le evitará lo que ella llamaba la perversión de las otras dos hermanas.

Tras la muerte de su madre, Miriel había intentado complacer a su padre a su manera, reuniendo una impresionante colección de armas exóticas de mercaderes errantes, pero no había desarrollado ni el deseo ni la fuerza de esgrimirlas. Se había convertido, en resumen, en la hija dócil, afable y obediente que su madre deseaba. Y así, Deirdre y Helena la habían protegido toda la vida de su propia impotencia y de la desilusión de su padre.

Ahora tenían que salvarla de un indeseable matrimonio.

Deirdre le pasó a su hermana el trozo de jabón. "Confía en mí, no tengo intención de conducirla a ese aciago destino".

La chispa de la batalla llameó en los ojos de Helena. "¿Entonces desafiaremos a este prometido normando?"

Deirdre frunció el ceño. Sabía que no todos los conflictos era mejor resolverlos en el campo de batalla, aunque su hermana no lo supiera. Meneó la cabeza.

Helena maldijo entre dientes y le dio un golpe la agua, desilusionada. "¿Por qué no?"

"Desafíar al normando es desafíar al rey".

Hel arqueó una ceja desafiantemente. "¿Y?"

El ceño de Deirdre se hizo más profundo. Un día la audacia de Helena sería su perdición. "Es traición, Hel".

Helena soltó un suspiro irritado y se frotó el brazo. "Dificilmente puede ser traición cuando el propio rey no ha sido leal con nosotras. Este entrometido es normanodo, Deirdre, normando..." se mofó de la palabra como si fuese una enfermedad. "¡Bah! He oído que son tan suaves que no son capaces de dejarse una barba decente. Y algunos dicen que bañan incluso a sus podencos en lavanda" se estremeció de aversión.

Deirdre compartía la frustración de su hermana pero no sus afirmaciones. En verdad, se había sentido igual de ultrajada al saber que el rey David había entregado la administración de Rivenloch, no a un escocés, sino a uno de sus aliados normandos. Sí, el hombre tenía fama de ser un temible guerrero, pero ciertamente no sabía nada de Escocia.

Lo que complicaba las cosas era que su padre no había protestado. Pero el Señor de Rivenloch no había estado en su sano juicio desde hacía meses. Deirdre le encontraba a menudo hablándole al aire, llamando a su madre muerta e incluso se había perdido en el torreón. Parecía vivir en algún idílico tiempo pasado, donde su mandato era incuestionable y sus tierras seguras.

Pero con la corona descansando precariamente en la cabeza de Stephen, los avariciosos barones ingleses habían comenzado a causar estragos en la región, apropiándose de todas las tierras que podían en el caos resultante.

Así que durante el pasado año las hermanas habían ocultado lo mejor que habían podido la enfermedad de su padre, para mantener la ilusión de poder y evitar que Rivenloch pareciese un blanco fácil. Deirdre había hecho las funciones de administradora de la propiedad y capitana de la guardia, con Helena como segunda al mando, mientras Miriel se encargaba de supervisar la casa y las cuentas.

Se las habían arreglado bastante bien. Pero Deirdre era lo suficientemente inteligente para saber que semejante subterfugio no podría durar para siempre. Quizás esa fuera la razón de la repentina orden del rey. A lo mejor se habían esparcido rumores sobre la debilidad de su padre.

Deirdre había pensando mucho en ese asunto y finalmente se había enfrentado a la verdad. Aunque los caballeros de Rivenloch eran fuertes y capaces, no habían luchado en una batalla de verdad desde antes de que ella naciera. Ahora, belicistas ansiosos de obtener tierras amenazaban la región de los Borders. Sólo una quincena antes, un canalla barón inglés había atacado descaradamente a los escoceses del torreón Mirkloan, a menos de cincuenta millas de distancia. Realmente, a Rivenloch le vendría bien el consejo de un guerrero experto en el combate, alguien que pudiera recomendarle cómo gobernar.

Pero la misiva que había llegado la semana anterior con el sello del rey David, la que Deirdre había compartido sólo con Helena, también ordenaba que una de las hijas de Rivenloch debía casarse con el nuevo castellano. Claramente, el rey pretendía una posición más permanente para el caballero normando.

Las noticias la habían golpeado con tanta fuerza como un mazazo en el vientre. Con la responsabilidad de manejar el castillo, en lo que menos habían pensando las hermanas era en el matrimonio. Que el rey fuera a casar a una de ellas con un... extranjero... era inconcebible. ¿Dudaba David de la lealtad de Rivenloch? Deirdre sólo podía rogar que este matrimonio forzado fuera un intento de mantener la propiedad al menos a medias en manos de su clan.

Quería creer eso, necesitaba creerlo. De otro modo, quizá se sintiera tentada a blandir su espada y unirse a su hermana en una masacre de normandos.

Helena se había sumergido bajo el agua, intentando enfriar su ira. Apareció de repente, farfullando y sacudiendo la cabeza como un podenco, rociando gotas por todas partes. "¡Ya sé! ¿Y si acechamos a este prometido normando en el bosque?" dijo ansiosamente. "Lo atrapamos desprevenido. Le hacemos pedazos. Y culpamos de su muerte a La Sombra"

Por un momento, Deirdre sólo pudo mirar enmudecida a su sanguinaria hermana pequeña, quien sospechaba podría estar hablando en serio. "¿Matarías a un hombre desprevenido y acusarías a un vulgar ladrón?" Frunció el ceño y asió el jabón. "Padre acertó al elegir tu nombre, Hel**, seguramente ahí es donde perteneces. No," decidió "nadie va a morir. Una de nosotras se casará con él".

"¿Por qué tendríamos que casarnos con él?" dijo Hel haciendo un puchero. "¿No es suficientemente repugnante que tengamos que entregar nuestra propiedad al hijo de puta?"

Deirdre asió a su hermana del brazo, obligándole a mirarla. "No vamos a rendir nada. Además, sabes que si una de nosotras no se casa con él, Miriel se ofrecerá, lo queramos o no. Y Padre le permitirá hacerlo. No podemos dejar que eso pase".

Deirdre miró solemnemente a los ojos de su hermana e intercambiaron la mirada de tácito acuerdo que compartían desde niñas, una mirada que decía que harían lo que fuese necesario para salvar a la indefensa Miriel.

Helena se tragó un juramento de resignación, después musitó. "Estúpido normando. Ni siquiera tiene un nombre decente. ¿Quién bautizaría a un niño como Pagan?"

Deirdre no se molestó en recordarle a su hermana que ella respondía al nombre Hel. Pero incluso ella tenía que estar de acuerdo, sin embargo, en que Pagan no era un hombre que evocara imágenes de un lider responsable. O de honor. O misericordia. En verdad, parecía el nombre de una salvaje bárbaro.

Helena suspiró con fuerza, después asintió y cogió de nuevo el jabón. "Entonces seré yo. Yo me casaré con ese hijo de perra".

Pero Deirdre podía ver el brillo asesino en los ojos de Hel, que si se salía con la suya, su nuevo marido no sobreviviría a la noche de bodas. Y aunque Deirdre no lamentaría el fallecimiento del maldito normando, no deseaba ver a su hermana atrapada y descuartizada por el Rey por el asesinato. "No" dijo " Es mi carga. Yo me casaré con él".

"No seas tonta" replicó Hel. "Soy más prescindible que tú. Además," dijo con una sonrisa calculadora, frotando el jabón hecho con sebo de oveja entre sus manos, "mientras yo atraigo al bastardo a la complacencia, tú puedes reunir fuerzas para un ataque sorpresa. Ganaremos el poder sobre Rivenloch de nuevo, Deirdre"

"¿Estas loca?" Deirdre salpicó agua a su temeraria hermana. No tenía paciencia para la balandronada de su hermana. A veces Hel se jactaba como un Highlander, pensando que Inglaterra podía conquistarse con tan solo una docena de musculosos escoceses. "Es decisión del Rey David que una de nosotras se case con el normando. ¿Qué harás cuándo venga su ejercito?"

Hel reflexionó silenciosamente.

"No" dijo Deirdre antes de que Hel propusiera otro descabellado plan. "Yo me casaré con el bastar... el normando".

Helena se enfurruñó por un momento, hasta que intentó otra táctica, preguntando astutamente. "¿Y si él me prefiere a mi? Despues de todo, yo soy más del tipo que gusta a los hombres" salió del agua, poniendo una postura provocativa que probara sus palabras. "Soy más joven. Mis piernas estan mejor cortoneadas. Tengo los senos más grandes"

"Tu boca también es más grande" contraatacó Deirdre, sin dejarse afectar por el intento de Hel de irritarle. "A ningún hombre le gusta una mujer con una lengua viperina"

Helena frunció el ceño. Después sus ojos se iluminaron de nuevo.

"Está bien. Lucharé contigo por él".

¿"Luchar?"

"La ganadora se casa con el normando"

Deirdre se mordió el labio, considerando seriamente el desafío. Sus posibilidades de vencer a Hel eran buenas, ya que ella luchaba con mucho más control que su irascible hermana. Deirdre estaba lo bastante harta de las tonterías del Hel como para aceptar inmediatamente su oferta y dar el asunto por zanjado. Casi.

Pero todavía había que encargarse de los espías en la colina. Y si no se equivocaba, Miriel venía corriendo por la pradera hacia ellas.

"¡Calla!" siseó Deirdre. "Viene Miriel. No vamos a hablar más de esto" se escurrió el agua del pelo. "Los normandos llegarán en un día o dos. Tomaré mi decisión al anochecer. Mientras tanto, mantén a Miriel aquí. Tengo que ocuparme de algo."

¿Los hombres de la colina?"

Deirdre parpadeó. "¿Lo sabes?"

Hel alzó una ceja sardónicamente. "¿Cómo podría no hacerlo? El sonido de sus babas cayendo sobre el césped despertaría a un muerto. ¿Estas segura de que no necesitas ayuda?

"No puede haber más de dos o tres."

"Dos, y están sumamente distraídos."

"Bien. Manténlos de esa manera."


***..***

"Alabado sea Dios" dijo Colin sin aliento "ahí viene la tercera muchacha" Hizo un gesto con la cabeza hacia la delicada figura morena que correteaba por el campo cubierto de hierba que bajaba hasta la charca, desvistiéndose por el camino. "Señor, es bonita, delicada y dulce, como una pequeña cereza."

Pagan había sospechado que a la última hermana podría faltarle algún miembro, o los dientes, o su agudeza mental. Pero aunque parecía frágil y menos imponente que sus curvilíneas hermanas, también ella poseía un cuerpo que podría avergonzar a una diosa. Sólo pudo sacudir la cabeza maravillado.

"Por la Virgen María, Pagan" dijo Colin con un suspiro mientras la tercera muchacha se lanzaba a la charca y empezaban a salpicarse, retozando como sirenas. ¿A quién le has besado el culo? ¿Al propio rey?"

Pagan frunció el ceño, doblando un tallo de brezo entre sus dedos. ¿Qué había hecho para merecer escoger entre semejantes bellezas? Sí, había servido a David en varias batallas, pero sólo se había encontrado con el rey en Escocia una vez, en Moray. Parecía que a David le había caído bien, y Pagan había salvado a varios de los hombres del rey de caer en una trampa ese día. Pero seguramente no era nada más de lo que hubiera hecho cualquier otro comandante. Era un enigma.

"¿Por qué entregaría David semejante premio?" se preguntó en voz alta. "¿Y por qué a mí?"

Colin se rió disimuladamente. "Venga, Pagan. ¿Estas tan poco acostumbrado a la buena suerte que la alejarías cuando te cae en el regazo?"

"Algo pasa."

"Sí, hay algo que está mal" dijo Colin, apartando por fin la mirada de las tres muchachas para enfocarla en Pagan. "Has perdido la cabeza"

"¿Sí? ¿O tengo razón al pensar que hay una serpiente en este jardín?"

Colin entrecerró los ojos maliciosamente. "La única serpiente es la que se retuerce por debajo del cinturón con que sujetas la espada, Pagan."

Quizás Colin tuviera razón. Era dificil pensar a derechas cuando parecía que sus calzas iban a estallar. "Cuéntamelo de nuevo, ¿qué fue lo que dijo Boniface?"

Pagan nunca entraba en un combate a ciegas. Era lo que le había mantenido vivo a lo largo de varias batallas. Dos días antes había enviado a Boniface, un escudero en el que confiaba, disfrazado de juglar, para que aprendiera lo que pudiera sobre Rivenloch. De hecho, había sido Boniface quien les había alertado de la intención de las muchachas de bañarse en la charca ese amanecer.

Colin se frotó el mentón, haciendo recuento de lo que había informado el escudero. "Dijo que el señor tiene la mente confusa. Siente debilidad por los dados, las apuestas altas, y que pierde a menudo. Y, ah, sí," pareció recordar de repente. Parece que el viejo no tiene un castellano. Aparentemente piensa cederle el castillo a su hija mayor."

"¿A su hija" eso era nuevo para Pagan.

Colin se encogió de hombros. "Son escoceses", dijo, como si eso lo explicara todo.

Pagan frunció la frente pensativamente. "Con Stephen reclamando el trono inglés, el rey David necesita una armada fuerte que domina la zona de la frontera" musitó "no muchachas"

Colin chasqueó los dedos. "Bueno, entonces de eso se trata. ¿Quién mejor para tomar el mando de Rivenloch que el ilustre Sir Pagan? Es bien conocido en todas partes que los caballeros de Cameliard no tienen igual" Colin se giró, ansioso por seguir espiando.

En la charca que había bajo ellos, la muchacha voluptuosa sacudía juguetonamente la cabeza, salpicando a su hermana que reía tontamente, y bamboleando sus llenos pechos de una manera que hizo que Pagan instantáneamente se pusiera tan duro como el hierro. A su lado, Colin gimió, si de placer o de dolor, no estuvo seguro.

Dándose cuenta de repente del significado de ese gemido, Pagan le golpeó en el hombro.

¿A qué ha venido eso?" preguntó Colin siseando.

"Por mirar lascivamente a mi prometida."

"¿Y cuál de ellas es tu prometida?"

Ambos volvieron a dirigir las miradas hacia la charca.

Pagan estaría para siempre horrorizado por el lapsus de sus instintos de guerrero en ese momento. Pero para cuando oyó las suaves pisadas tras él, fue demasiado tarde para hacer nada. Colin nunca llegó a oírlas. Estaba demasiado ocupando deleitándose con las vistas. "Espera. Sólo veo dos. ¿Dónde está la rubia?"

Tras ellos, una voz femenina dijo claramente. "Aquí."




Copyright © 2006 Glynnis Campbell .









*Arma de origén oriental.
**Hel, es sinonimo de Hell, infierno, pero es también el nombre de la diosa de la muerte y reina del inframundo.
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