![]() El Precio de la Pasion - Susan Sizemore PROLOGO Delta del Nilo —Lo necesito… Lo necesito… Temblando como una hoja, Cleopatra Fraser hincó las rodillas en el suelo. Muy alejada de las tiendas de campaña y de las hogueras, se cubrió la cara con las manos. La arena aún conservaba el calor del día y, al arrodillarse, sintió cómo ésta se filtraba, implacable, a través de las varias capas de faldas y refajos. El aire que aspiraba entre sollozos estaba caliente como el de un horno. El sol comenzaba a ponerse por la otra orilla del río, tiñendo de un rojo sangre la ancha superficie del agua del delta. Pronto saldrían las estrellas para brillar con todo su esplendor en el cielo; pronto empezaría a soplar la brisa fresca y salada del mar situado a pocos kilómetros de allí. Las tiendas de campaña se iluminarían por dentro con el brillar de las lámparas y las fogatas ofrecerían un acogedor círculo de luz y seguridad en medio de aquel entorno agreste y solitario. En ellas encontraría algo de cenar, un poco de conversación y también el deber. Siempre el deber. No le importaba cargar con él, pero… Necesitaba otra cosa. Se dobló hacia delante, embargada por un sentimiento de tormento y confusión, por un sentimiento de… deseo. Deseo. Era una palabra demasiado pequeña para describir la inmensa angustia que la abrasaba por dentro intentando ahogar todos sus demás pensamientos y sensaciones. El enorme alivio que experimentó tras las interminables horas pasadas junto a la cabecera de la cama de su hermana había destruido sus defensas normales. La preocupación por Pía fue reemplazada por un agotamiento que, sin saber cómo, se había transformado en una sensación dolorida y febril. Se sentía desfallecida, aletargada; no sabía cuánto tiempo llevaba sin dormir o sin comer. Se pasó las manos por el rostro surcado de lágrimas e intentó pensar. Llevaba mucho tiempo fingiendo calma cuando por dentro lo que sentía era miedo. Le resultaba difícil ser siempre fuerte, siempre responsable, responsable de Pía, de su padre, de la recientemente enviudada tía Saida y su hijo, de todo y de todos los que ocupaban aquel campamento. Pero la fiebre de Pía había remitido. Su hermana pequeña iba a sobrevivir a aquella noche, y ella iba a encargarse de que sobreviviera a muchas más. Elevó una plegaria de agradecimiento por que la enfermedad que asolaba aquella tierra dura y extraña no se hubiera cobrado la vida de su hermana pequeña. Para ella era una tierra muy querida, un lugar al que llamaba hogar, pero ella gozaba de una salud muy robusta y no había estado enferma ni un solo día en toda su vida. Su madre no había sobrevivido al recorrido extenuante de una ruina a otra. Su madre no había sido capaz de soportar la absorbente obsesión de su padre, mientras que ella vibraba y se emocionaba tocando los huesos y los ladrillos de civilizaciones muertas. Su hermana mediana, Annie, estaba a salvo estudiando en Escocia. Cleo había ganado aquella batalla y, al fallecer su madre, había enviado a Annie a casa, a vivir con tía Jenny. Ahora también debía regresar Pía, no soportaría perder a ningún otro ser querido. Brotaron más lágrimas cuando comprendió que sí que iba a perder a una persona, y al día siguiente. Pero perderlo a él era inevitable. Él le sería de gran ayuda a su padre si se quedara, pero pronto tendría que regresar a Estados Unidos. Además, era un hombre ambicioso, jamás se conformaría con ser el ayudante de su padre. No sabía si aquella ambición era el fatal defecto de su personalidad, tal como insistía su padre, y tampoco la preocupaba que los demás opinaran que tenía defectos. Era el hombre más guapo del mundo. Apuesto. Inteligente. Y la hacía sentirse… Deseada. Él la miraba con un fuego especial en sus ojos oscuros, la recorría con la mirada desde la punta de los zapatos hasta lo alto de la cabeza, estudiando de manera lenta y audaz sus formas, su figura, de un modo que parecía codiciar, prometer, reclamar. Cuando la miraba de aquel modo, a continuación experimentaba un ardor que la dejaba sin aire en los pulmones y barría todo pensamiento de su mente. Tan sólo era consciente de la debilidad de sus rodillas, del aleteo y el intenso calor que le inundaba el pecho, de la sensación que experimentaba en los senos y todos sus lugares secretos al sentirse de alguna manera tocada por aquella mirada tan intensa. La primera vez que él la miró así, prendió una llama en su interior, una llama que chisporroteó y se consumió y que ella temió que diera lugar a una explosión horrible pero maravillosa. No podía soportar la idea de que él no volviera a mirarla de aquel modo. De que nunca volviera a hacerla sentirse igual. Abrigó la esperanza, y había rezado por ello, de pasar a su lado todas y cada una de las horas de las pocas semanas que restaban de la temporada de excavaciones. Y entonces fue cuando asaltaron a Pía aquellas horribles fiebres. ¿Cuánto tiempo hacía de eso? ¿Cuántos días habían transcurrido desde la última vez que ella tuvo un atisbo de…? Pero aquello ya no tenía importancia. Estaba allí para cuidar de otros. Tenía que ser racional, pragmática, juiciosa. Sin embargo, lo necesitaba. Se obligó a sí misma a concentrarse, a trazar un plan. Había asuntos importantes que debía organizar. Pía era en gran medida una versión en miniatura de su madre; la discusión con su padre de enviarla de vuelta a Escocia iba a ser tremenda. Cleo comprendía su actitud reacia, su soledad, su anhelo de hallar un poco de normalidad en aquella tierra seductora por lo diferente. El tío Walter había sucumbido a ella: se había vuelto "nativo", se había casado con una mujer extranjera y con ello se había resentido su reputación de erudito. Su padre cuidaba celosamente su posición en la comunidad académica. Ello incluía llevar una vida doméstica normal, rodeado de sus retoños. Cleo también iba a echar mucho de menos a su hermana, pero Pía debía vivir en un lugar en que pudiera crecer sana y fuerte. Tal vez pudiera volver cuando fuera un poco más mayor. Pero Cleo no pensaba arriesgar la vida de la pequeña de la familia. Ella misma iba a entregar a Pía a la tía Jenny, reservaría un pasaje y se marcharía a pesar de las protestas de su padre. Naturalmente, para cuando ella regresara, Ángel se habría ido hace mucho. De nuevo rompió a llorar. Su Ángel, con aquellos ojos de un negro intenso, aquel cabello negro y sedoso y aquellas fascinantes manos de largos dedos. Jamás volvería a mirarla de aquella manera capaz de derretirla e incendiarla a un tiempo. Sabía que llegaría el día en que dejaría de ver aquella ancha boca suya ladeada en una sonrisa burlona que prometía… algo. Y, al no poder verlo, su vida quedaría vacía; ya nunca más se le cortaría la respiración ni se le aceleraría el corazón al verlo moverse, con su porte seguro, sus largos miembros, su andar elegante y fuerte. Ya no volvería a robar una mirada fugaz a los duros y marcados músculos de su espalda y de sus hombros cuando él se desnudaba para lavarse a la orilla del río. Ni tampoco experimentaría de nuevo aquella sensación dolorosa que le producía el perfil de sus muslos cuando se subía a un caballo o se agachaba junto a ella para examinar una pista del pasado en la arena. A veces el muslo de él se rozaba contra el suyo. A veces las manos de él tocaban sin darse cuenta las suyas. Y a continuación se miraban el uno al otro, se tocaban, con los rostros de ambos apenas a la distancia de un beso, cuando ella depositaba en su mano experta el fragmento de una vasija rota o una moneda antigua. Nunca la había besado nadie. Abrigaba secretamente la esperanza de que él la besara sólo una vez antes de regresar a Estados Unidos. Tía Saida había dicho que él deseaba besarla en algún descuido, y se preocupaba expresamente de que no estuvieran solos en ningún momento, por si podía evitarlo, lo cual era naturalmente correcto y apropiado, naturalmente. Pero… Iba a ser mucho esperar que él tomase las manos de ella entre las suyas y le declarase su inquebrantable devoción. ¿Cómo iba a hacer semejante cosa, si nunca disfrutaban de un momento de intimidad? Tenía unas manos preciosas. La mirada de Cleo siempre terminaba fijándose en aquellas manos. Soñaba que le acariciaban el cuerpo. Se despertaba sin acordarse de dónde ni cómo la había tocado él, pero ansiaba… algo. Algo que apagara el fuego que él seguía avivando en el interior de su ser. No quería ir a Escocia; no quería estar donde no estuviera él. El dolor de la pérdida acrecentaba el ardor que sentía en el alma. Le entraron ganas de golpear la arena con los puños y rogar a los antiguos dioses de aquella tierra que le concedieran más tiempo. Que le dieran libertad para hacer lo que quería en vez de lo que era necesario, sólo por una vez. Para cuando ella regresara de Escocia, el tacto de él y la sensación desconocida de sus besos, habrían desaparecido para siempre. Jamás volvería a ver su sonrisa ladeada; jamás oiría de nuevo su voz grave, con aquel relajado acento americano. Estados Unidos estaba tan lejos… ¿Seguiría paseando por aquel lugar la diosa Isis? Isis, que perdió a su amante y lo buscó por todo el mundo hasta que pudieron estar juntos una vez más. Seguro que ella lo entendería. ¿Querría una diosa egipcia conceder un favor así a una muchacha escocesa? —Por favor… necesito… —¿Qué es lo que necesitas? Al oír el sonido inesperado y largo tiempo ansiado de su voz detrás de ella, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. ¿Miedo? ¿Ilusión? ¿Por qué? Alzó la cabeza sin avergonzarse de sus lágrimas y se giró lentamente para mirarlo. Perdió todo rastro de vergüenza, igual que el miedo y hasta el último vestigio de sensatez que le quedaba. Estaban solos. Por primera vez se encontraban completamente solos. Él la había encontrado en la noche, cuando a ella se le estaba rompiendo el corazón, cuando más lo necesitaba. Los últimos retazos de luz diurna dibujaban su silueta perfilándola en oro y carmesí, destacándolo de todo lo que rodeaba a los dos. Aislándolos a ambos del mundo. Cleo no pudo hacer otra cosa que mirarlo fijamente. Él le sostuvo la mirada con la suya propia, negra como la noche. Entonces le tendió una mano. —¿Qué es lo que necesitas? Ella tomó su mano. Él la ayudó a incorporarse y la trajo hacia sí, tan fuerte como apuesto. Cleo aspiró el penetrante aroma de su piel cuando él la rodeó con sus brazos y le susurró, acercando los labios a su oído, depositando el aliento sobre su mejilla: —¿Qué es lo que necesitas, Cleo? El deseo provocó que le temblara todo el cuerpo y sintió que se le aflojaban las rodillas. Apoyó una mano en el hombro de él, necesitada de su fuerza. Sintiendo los labios de él tan próximos a los suyos, no pudo hacer otra cosa que responder con la verdad: —A ti. Copyright © 2006 Valery. | |